Es como un
Mediterráneo colgado de las montañas, un prodigio de la naturaleza que se
asienta entre los Andes y las erosionadas praderas del Altiplano, compartiendo
su extensión entre Bolivia y Perú. Se llama Titicaca y no sólo es el lago
navegable más alto del mundo, emplazado a casi cuatro mil metros de altura,
sino también el más grande de Sudamérica, con una superficie líquida de 8.490
kilómetros cuadrados. Una maravilla de la naturaleza que se visitará en la
próxima Expedición VIAJAR a Bolivia, que parte el próximo noviembre hacia el
país de la mano de Fernando Javier Santa Cecilia, experto geólogo y gran
conocedor del territorio, en un viaje organizado por Viajes Azul Marino y la
revista VIAJAR.
Cuenta la
leyenda que este lago es la cuna de las más remotas civilizaciones, es decir,
de las culturas pukara y tiahuanaco que datan del año 200 antes de Cristo y son
anteriores incluso a los incas. También dice la leyenda, en un alarde de
romanticismo, que sus aguas son las lágrimas de Inti, el dios del sol, que
lloró durante 40 días y 40 noches y formó semejante charco.
Lago
sagrado
Realidad o
ficción, lo cierto es que se trata de un lago sagrado. Lo es para las aldeas de
sus orillas, donde el aymara y el quechua son las lenguas dominantes, y lo es
también para las comunidades que habitan en sus islas y que constituyen la
esencia del Titicaca. Y es que surcar sus aguas silenciosas es hacer un viaje
en el tiempo a través de poblados flotantes de junco, de islas plagadas de
ruinas indígenas, de un interesante y colorido legado de música, danza y
tradiciones ancestrales que se mantienen intactas.
Pero también
es descubrir un rincón que está muy cerca del cielo. Y que precisamente por eso
destila una percepción mística que hace que todo parezca mágico, como en una
paz irreal. Eso y, menos poético, el llamado soroche o mal de altura que puede
llegar a tumbar a algunos viajeros: falta el aire y cunde el cansancio con el
mínimo esfuerzo. Un efecto que, por otra parte, obliga a detener el paso, a
avanzar despacito, a apreciar el paisaje con todo el sosiego del mundo.
Maldito
soroche
Para conocer
esta suerte de mar interior, de un profundo y brillante añil, hay que tomarse
unos días, los que lleva navegar por sus gélidas aguas –ojo, que la temperatura
media es de menos de 15º- y descubrir sus islotes fantásticos. Antes, claro,
habrá que aclimatarse a la altura en tierra firme. Y Puno, en el lado que
corresponde a Perú, es un buen punto de partida a 3.860 metros.
Baluarte de
la vida rural y capital del folclore peruano, la fortuna estará en coincidir
con algunas de sus fiestas, normalmente ligadas al calendario agrícola: más de
trescientos bailes regionales y deslumbrantes trajes ornamentados suponen todo
un acontecimiento. También en Puno se encuentra lo necesario para planificar la
travesía por el lago: la ciudad es un hervidero de agencias de viaje donde
contratar estas excursiones, que normalmente incluyen la experiencia de vivir,
ya sea al menos por una noche, con las comunidades locales. Otra forma más
aventurera de acceder a las islas del lago es negociar con un guía local y
realizar el trayecto en los barcos de línea que parten del muelle de Puno hacia
Taquile o Amantaní dos veces al día.
Islas
mágicas
Una vez a
bordo, todo será deleitarse con el reflejo de los tonos terrosos del paisaje n
unas aguas que se confunden con el cielo. Y también de protegerse con abundante
crema solar, puesto que los rayos, a esta altitud, son sumamente intensos. Así
se llega a la primera parada: las islas flotantes de los uros, construidas
enteramente en totora, esto es, en juncos que crecen en las márgenes y que han
sido trenzados por manos milenarias. Casas, barcos, productos de artesanía…
todo está elaborado con este material por los uros, el colorido grupo étnico
que puebla estas islas artificiales y que vive atrapados en el tiempo.
De aquí
habrá que dirigirse a Amantaní, una isla sin carreteras ni vehículos y en la
que las familias acogen a los viajeros en sus casas de adobe para que
participen en sus ritos y costumbres. Es el lugar donde ascender hacia sus dos
colinas sagradas: Pachamama y Pachatata (Madre y Padre Tierra) para disfrutar
de sus vistas y prepararse después para la próxima isla peruana del interior
del lago: Taquile, habitada por los quechua.
Aquí donde
se comen las más exquisitas truchas del Titicaca, el territorio resulta de
extrema belleza: arcos milenarios, iglesias sincréticas y promontorios
coronados por ruinas de no se sabe cuándo. Luego están los atardeceres,
desligados del resto del mundo. Una luz especial que ilumina al fondo, ya en
Bolivia, los picos nevados de la cordillera, recortados contra el cielo y el
lago.
Fuente: viajar.elperiodico.com